El 15 de abril de 1953, Buenos Aires vivía un día de sangre: durante un discurso de Juan Domingo Perón en Plaza de Mayo por el Día del Militante, una bomba estalló en la boca del subte San José, matando a 7 y hiriendo a 90. Fue el atentado antisubversivo más grave contra el peronismo.
Perón hablaba ante 200.000 descamisados cuando la explosión azuzó la furia. «¡Eso de la leña que me piden, ¿por qué no la dan ustedes?!», clamó el Presidente. Multitudes oficialistas saquearon y quemaron sedes de UCR, Partido Socialista y Jockey Club, con policía mirando de reojo.
Roque Carranza, futuro ministro de Alfonsín, confesó en 2013 haberlo planeado con 12 radicales. Presos hasta 1955, Perón los liberó antes del golpe de Rojas. El atentado, atribuido a oposición antiperonista, profundizó la grieta argentina, prefigurando violencia política de 1955 y 1976.
Hoy, en tiempos de polarización, evoca cómo atentados catalizan divisiones. Un capítulo oscuro de la historia nacional.