El 15 de abril de 1865, Abraham Lincoln, 16º presidente de Estados Unidos, fallecía baleado en la cabeza por el actor confederado John Wilkes Booth durante una función de teatro en Washington. Herido la noche del 14 en el Ford’s Theatre, agonizó nueve horas en una pensión cercana, convirtiéndose en la primera víctima presidencial de un atentado en la historia yanqui.

Lincoln lideraba la Unión en la Guerra de Secesión (1861-1865), un conflicto que desangró al país con 620.000 muertos por la esclavitud y la secesión sureña. Una semana antes, el general Robert E. Lee se rindió en Appomattox, sellando la victoria del Norte. Electo en 1860 como republicano antiesclavista y reelecto en marzo de 1865, su Proclama de Emancipación (1863) liberó a 3,5 millones de esclavos, allanando la 13ª Enmienda que abolía la esclavitud para siempre.

Booth, fanático pro-Sur, gritó «¡Sic semper tyrannis!» (Así siempre a los tiranos) al saltar al escenario, rompiéndose una pierna. Escapó pero fue abatido 12 días después. El magnicidio desató una ola de conspiraciones: cuatro cómplices fueron colgados, incluido Mary Surratt, primera mujer ejecutada por el gobierno federal.

En Argentina, el eco de Lincoln resuena en debates sobre unidad nacional y derechos humanos. Su legado —perdón al Sur y reconstrucción— inspira líderes como Perón en tiempos de polarización. Hoy, su tumba en Springfield ilustra cómo un abogado rural se convirtió en símbolo de libertad.

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Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.