El 28 de abril de 1945, en el pequeño pueblo de Giulino di Mezzegra, junto al lago Como, terminó de forma brutal la era del fascismo italiano: Benito Mussolini, el «Duce» que había gobernado con puño de hierro durante dos décadas, fue fusilado por partisanos junto a su amante, Clara Petacci.

Tres días antes, el 25 de abril, la Resistencia italiana había derrotado al régimen fascista en una insurrección masiva que liberó Milán y otras ciudades clave. Capturado mientras intentaba huir disfrazado de soldado alemán hacia Suiza, Mussolini enfrentó un juicio sumario. Sus cuerpos, junto al de otros jerarcas, fueron colgados boca abajo en la Plaza Loreto de Milán al día siguiente, donde una multitud enfurecida los desfiguró a golpes, en un acto de venganza por las atrocidades cometidas.

Este fin violento simbolizó el colapso del Eje en Europa, a semanas de la capitulación nazi. Mussolini, quien ascendió al poder en 1922 con la Marcha sobre Roma, había aliado a Italia con Hitler, llevando al país a la ruina en la Segunda Guerra Mundial. Su muerte aceleró la transición democrática en Italia, pavimentando el camino para la República. Hoy, 81 años después, el episodio sirve de recordatorio sobre los peligros del totalitarismo: en un mundo con resurgimientos populistas, la imagen del Duce colgado sigue ilustrando el rechazo visceral a líderes que sacrifican libertades por poder absoluto. Historiadores destacan cómo los partisanos, con su coraje clandestino, encarnaron la resistencia popular contra la opresión.

Con NA.

Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.