Con Berlín en ruinas y las tropas soviéticas a punto de conquistar la ciudad, Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 en el búnker de la Cancillería del Reich. El dictador nazi, acorralado por el avance aliado, se casó horas antes con Eva Braun en una ceremonia improvisada. Posteriormente, Hitler se disparó en la sien, mientras Braun ingeniería cianuro.

Sus colaboradores más cercanos, como Joseph Goebbels, quemaron los cuerpos en el jardín de la Cancillería para evitar que cayeran en manos enemigas, y los enterraron en un cráter de bomba.

Los soviéticos, que tomaron el búnker días después, exhumaron los restos y los trasladaron a Moscú para análisis forenses, confirmando la identidad mediante registros dentales. Este acto marcó el fin simbólico del Tercer Reich, aunque la guerra en Europa continuó hasta el 8 de mayo con la capitulación alemana. El suicidio de Hitler evitó su captura y juicio, pero su legado de horror —el Holocausto, la Segunda Guerra Mundial y millones de muertos— definió el siglo XX. En Argentina, donde miles de nazis huyeron de la postguerra, el evento resonó en debates sobre la impunidad, con figuras como el propio Perón recibiendo exiliados. Hoy, el 30 de abril evoca la derrota del nazismo y la importancia de la memoria histórica para prevenir los totalitarismos.

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.