El 20 de abril de 1970, el poeta Paul Celan se suicidó arrojándose al Sena en París, a los 49 años, víctima de las sombras del Holocausto que marcaron su obra. Nacido Paul Ancel en 1920 en Czernowitz (hoy Chernivtsi, Ucrania), judío rumano de habla alemana, perdió a sus padres en 1942: su madre fusilada, su padre de tifus en un gueto nazi. Él sobrevivió como preso forzado en un campo de trabajo.
Exiliado en Bucarest y París desde 1948, transformó «Ancel» en «Celan» (anagrama) para renacer literariamente. Su debut, La arena de las urnas (1948), con el poema «Fuga de muerte» —»Hierro negro del aire»—, capturó el horror del genocidio en alemán fracturado, «idioma asesino» que purificó. Obras como Amapola y memoria (1952), De umbral en umbral (1955) y Giro del aliento (1968, póstumo) definieron la poesía pos Shoá: hermética, elíptica, testigo de lo indecible.
Ganó el Premio Georg Büchner (1960), pero depresión y paranoia —agravadas por plagio acusado a otro poeta— lo consumieron. Su hijo Eric, adoptado, no hablaba; el Sena simbolizó su ahogo lingüístico.
Celan influyó en Heidegger, Adorno y la literatura del testimonio. En Argentina, ediciones de Página/12 rescatan su vigencia contra el olvido. Su muerte recuerda cómo la poesía confronta traumas colectivos.