El 15 de abril de 1452 nacía Leonardo da Vinci en las afueras de Florencia, Italia, un hombre que encarnó el espíritu del Renacimiento y dejó un legado imborrable en el arte, la ciencia y la invención. Hijo ilegítimo de un notario y una campesina, Da Vinci no recibió una educación formal completa, pero su curiosidad insaciable lo llevó a dominar disciplinas que hoy parecen imposibles de unir.

Como pintor, creó obras maestras como La Última Cena (1495-1498), un fresco que captura la traición de Judas en un banquete tenso, y La Gioconda (1503-1506), el retrato de Mona Lisa cuya sonrisa enigmática —posiblemente una ilusión óptica— ha fascinado al mundo durante siglos. Pero Da Vinci fue mucho más: escultor, arquitecto y anatomista. Su Hombre de Vitruvio (1490) ilustra las proporciones ideales del cuerpo humano en un círculo y un cuadrado, fusionando arte y ciencia con precisión quirúrgica.

Inventor visionario, diseñó máquinas para pulir espejos, tanques, helicópteros primitivos y alas para volar, anticipándose 500 años al primer vuelo motorizado de los hermanos Wright. Estudió la anatomía diseccionando cadáveres en secreto, desafiando tabúes eclesiásticos. Murió el 2 de mayo de 1519 en Amboise, Francia, invitado por Francisco I, quien lo llamó «el primer pintor, escultor y arquitecto de la Edad».

Hoy, en un mundo de IA y biotecnología, Da Vinci inspira como polymath: un recordatorio de que la genialidad nace de la intersección de artes y ciencias. Su cuaderno de 7.000 páginas, llenos de garabatos y fórmulas, sigue siendo un manual para innovadores.

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.