El 18 de abril de 1906, San Francisco amaneció bajo los escombros de uno de los sismos más devastadores de la historia. Con una magnitud de 7,9 grados en la escala Richter, el terremoto duró apenas 45 segundos, pero desató un incendio que arrasó tres cuartos de la ciudad durante tres días. Se estima que murieron unas 3.000 personas —aunque cifras iniciales hablaban de 10.000—, y de sus 400.000 habitantes, casi 300.000 quedaron sin hogar.
Seis días antes, temblores premonitorios habían alertado sobre la actividad en la falla de San Andrés, pero nadie imaginó la magnitud del desastre.
El epicentro se ubicó en el océano Pacífico, a 3 kilómetros de la costa, y la onda sísmica se sintió hasta Los Ángeles. El fuego, alimentado por rupturas en cañerías de gas y agua, destruyó 28.000 edificios y dejó un panorama apocalíptico: calles agrietadas, el Palacio de Bellas Artes en ruinas y el puente de Oakland colapsado. Miles durmieron en parques y plazas, mientras el Ejército de EE.UU., bajo el mando del general Frederick Funston, tomaba el control para sofocar las llamas con dinamita.
Esta catástrofe impulsó avances en sismología y urbanismo. San Francisco se reconstruyó con normas antisísmicas pioneras, como estructuras de acero y ladrillos reforzados, y dio origen al Código de Construcción Sísmico de 1908. Hoy, el terremoto es un recordatorio de la fragilidad ante la naturaleza: la falla de San Andrés sigue activa, y expertos predicen un «Big One» inminente. En un mundo con cambio climático, eventos como este subrayan la necesidad de preparación. Fuentes como el USGS documentan que el sismo liberó energía equivalente a 1.000 bombas atómicas de Hiroshima.