Carlos Frugoni, secretario de Infraestructura, no declaró dos sociedades offshore -una de ellas, constituida en 2025- con las que adquirió y administra inmuebles de hasta 310.000 dólares. «Me equivoqué”, reconoció quien hoy es señalado como “el Julio de Vido de Milei”.
Redacción Canal Abierto | La consigna “la moral como política de Estado” lanzada por Javier Milei hace poco menos de dos meses vuelve a darse de bruces con la realidad y las noticias sobre el comportamiento delictivo de sus funcionarios. Esta vez, el protagonista es Carlos Frugoni, secretario de Coordinación de Infraestructura del Ministerio de Economía, dueño de varias propiedades de lujo y cuentas bancarias sin declarar en Miami.
Según reveló el diario La Nación a partir de registros oficiales del estado de Florida, el funcionario posee al menos cinco inmuebles en Estados Unidos que no fueron debidamente incluidos en sus declaraciones juradas ante las autoridades argentinas. A esa cifra se suman otras tres unidades señaladas en una investigación difundida por A24.
Las sociedades controlantes de los departamentos están registradas en Delaware —una de las jurisdicciones más opacas de EEUU— bajo la denominación Genova LLC (2021) y Waki LLC (2025). Esta última, creada con el alfil de “Toto” Caputo ya dentro de la gestión, es la que más sospechas levantó.
Otro dato curioso develado por el periodista Hugo Alconada Mon es que uno de los inmuebles obtuvo una exención de US$50.500 como «residencia principal permanente», pese a que el secretario de Infraestructura vive y trabaja en Argentina.
¿Quién es Frugoni? Uno más de tantos macristas devenidos libertarios, primero como presidente de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT). A lo largo de las últimas dos décadas ocupó distintos cargos ejecutivos y fue presidente de la empresa estatal porteña Autopistas Urbanas (AUSA).
Durante el primer mandato de Horacio Rodríguez Larreta como jefe de Gobierno porteño, Frugoni quedó involucrado en la adjudicación del tramo principal de las obras del Paseo del Bajo a la empresa IECSA, entonces controlada por Angelo Calcaterra (primo de Mauricio Macri) y numerosas concesiones a favor de Nicky Caputo («hermano del alma» del ex mandatario entre 2015 y 2019).
Lejos de negar los hechos, el propio Frugoni reconoció la omisión y la atribuyó a un error. “Es todos verdad, me equivoqué” fue la insólita excusa que hizo llega a la prensa, una declaración que no hizo más que profundizar el impacto político del caso.
La explicación, sin embargo, abre varios interrogantes sobre los mecanismos de control y la veracidad de las declaraciones juradas de los funcionarios públicos, en un gobierno que no para de fallar en su pretensión por hacer de la transparencia una bandera.
El episodio se inscribe en una seguidilla de denuncias que vienen golpeando al oficialismo y que empiezan a delinear un patrón de conducta. Desde el escándalo por las compras de propiedades y viajes de lujo de Manuel Adorni, pasando por lacriptoestafa $Libra o el desfalco en la Agencia Nacional de Discapacidad, la acumulación de casos erosiona cada vez más el relato anticasta del mileismo.
En ese marco, la situación de Frugoni resulta particularmente sensible: se trata de un área estratégica vinculada a la obra pública y la infraestructura, históricamente asociada a circuitos de opacidad y corrupción en la Argentina. De hecho, hay quienes en redes sociales ya plantean con malicia que podría tratarse de “el Julio de Vido de Milei”.
Más allá de las derivaciones judiciales que pueda tener el caso, el impacto político ya es evidente y desde hace semanas viene registrándose en la caída en la imagen del Presidente.
La pregunta que empieza a instalarse, entonces, no es sólo sobre la responsabilidad individual de un funcionario, sino sobre la consistencia de un proyecto político que llegó al poder denunciando la corrupción como un rasgo estructural de “los otros”, pero que ahora enfrenta acusaciones dentro de sus propias filas.
En otras palabras, hay una pregunta que suena cada vez con más fuerza en cafés, transporte público y hasta en las paredes de los barrios, y que incluso se ya no escapa a los más fieles mileistas: ¿emosido engañado?