El 4 de febrero de 1900 marcó el inicio de una de las tragedias climáticas más devastadoras de la historia argentina: la Semana del Fuego. Esta ola de calor extrema se extendió por ocho días infernales, con temperaturas que alcanzaron los 49 grados de sensación térmica en Buenos Aires y otras regiones del centro del país. El termómetro oficial registró picos de 44 grados a la sombra en la Capital Federal, pero la humedad asfixiante multiplicó el malestar hasta niveles insoportables.

La catástrofe provocó más de 475 muertes confirmadas, aunque estimaciones contemporáneas elevan la cifra a cerca de 1.000 víctimas, principalmente entre ancianos, niños y personas de bajos recursos sin acceso a refugio o agua potable. Buenos Aires, con su población en auge por la inmigración masiva, se convirtió en un horno mortal. Calles vacías al mediodía, tranvías detenidos por el calor y hospitales colapsados narraron el drama en crónicas de La Nación y otros diarios de la época. El gobierno de Julio A. Roca decretó estado de emergencia, pero la falta de infraestructura moderna –como redes de agua potable extendidas o alertas meteorológicas– agravó la crisis.

Este evento no solo expuso la vulnerabilidad de una nación en crecimiento, sino que anticipó los desafíos climáticos actuales. En 1900, Argentina vivía el pico de su «bonanza agroexportadora», pero el cambio climático ya asomaba con sequías previas y eventos extremos. Hoy, con el calentamiento global intensificando olas de calor –como la de 2023 en el Cono Sur, que superó los 45 grados–, la Semana del Fuego sirve de advertencia. Expertos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) la citan como precedente para políticas de adaptación, como planes de hidratación masiva y refugios climáticos en ciudades como Buenos Aires.

En el contexto actual, mientras el mundo debate la COP y Argentina enfrenta sequías recurrentes en el Litoral, esta efeméride recuerda la fragilidad humana ante la naturaleza. Organizaciones como la Cruz Roja Argentina reviven estos relatos para campañas de prevención, subrayando que el cambio climático no es futurista, sino un eco del pasado. Dos carillas bastan para evocar el horror: familias enteras diezmadas, el olor a asfalto derretido y la solidaridad porteña repartiendo hielo en plazas. Un recordatorio eterno de que el fuego del verano puede consumir vidas si no actuamos.

Con NA.

Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.