El 10 de marzo de 1906, una explosión masiva en la mina de Courrières, a 220 km al norte de París, mató a 1.099 mineros —incluyendo decenas de niños— en el peor accidente minero de la historia europea.
De los 1.800 trabajadores bajo tierra, solo 701 escaparon; el resto pereció por ignición de polvo de carbón, derrumbes y gases tóxicos. La mina, propiedad de la Compagnie des Mines de Courrières, operaba en condiciones precarias: falta de ventilación, turnos extenuantes y ausencia de rescate moderno.
El desastre ocurrió a las 6:30 a.m. en Lens, Pas-de-Calais, región carbonífera clave para la industria francesa. Una chispa inicial propagó el fuego por galerías saturadas de polvo, colapsando accesos. Rescates improvisados duraron semanas; mineros sobrevivientes relataron horrores, como canibalismo forzado entre atrapados. Francia entera lloró: periódicos como Le Petit Parisien publicaron fotos impactantes, y el presidente Armand Fallières visitó el sitio.
La tragedia impulsó reformas laborales. Sindicatos, liderados por la CGT, exigieron seguridad: en 1906 se aprobó la ley Clemenceau, mejorando inspecciones y prohibiendo trabajo infantil bajo 13 años. Reveló explotación en la Belle Époque, con mineros ganando míseros salarios en un sector que producía 30 millones de toneladas anuales.
En 2026, Courrières simboliza luchas obreras globales. Un museo en el sitio preserva memorias, y conmineros modernos enfrentan riesgos similares en China o India, su eco persiste. Para Argentina, evoca tragedias como la de Río Turbio (2004), recordándonos la deuda con los trabajadores de extracción.