El 7 de marzo de 1765 nació en Chalon-sur-Saône, Francia, Joseph Nicéphore Niépce, un químico, litógrafo y científico aficionado cuya genialidad transformó la forma en que capturamos el mundo. Hijo de un abogado adinerado, Niépce se inclinó por la experimentación desde joven, combinando su pasión por la óptica y la química con necesidades prácticas.
En 1807, inventó un motor de combustión interna para barcos, un precursor de los motores modernos que impulsaba piraguas por el río Saona a 3 km/h, demostrando su visión ingenieril.
Sin embargo, su legado más perdurable es la fotografía. Tras años de pruebas con betún de Judea y sales de plata, en 1826 Niépce logró la primera imagen fija permanente: «Vista desde la ventana de Le Gras», una heliografía de 8 horas de exposición que capturó un paisaje urbano borroso pero revolucionario. Denominó su método «heliografía», grabando imágenes directamente con la luz solar, allanando el camino para Daguerre y Talbot. Este hito, conservado en la Universidad de Texas, marcó el nacimiento de la fotografía como arte y ciencia.
Niépce falleció en 1833 sin ver el boom de su invención, pero su trabajo influyó en la prensa, el cine y la era digital. Hoy, en un mundo de selfies e IA generativa, recordamos a Niépce como el padre de la imagen fija. En Argentina, su impacto se siente en pioneros como Benito Panunzi, primer fotógrafo local en 1840. Una efeméride que invita a valorar cómo una curiosidad francesa iluminó nuestra memoria visual.