El 25 de abril de 1926, La Scala de Milán vibró con el estreno póstumo de Turandot, la última ópera de Giacomo Puccini, quien falleció en Bélgica en 1924.
Franco Alfano completó la partitura inacabada, cerrando el ciclo de la lírica italiana iniciado con Orfeo de Monteverdi en 1607.
Ambientada en una China mítica, la obra narra la princesa Turandot y sus enigmas mortales, resueltos por el príncipe Calaf. Su aria estrella, «Nessun dorma» —popularizada por Pavarotti—, simboliza triunfo y pasión. El estreno, dirigido por Toscanini, fue un hito: ovaciones interminables pese a la ausencia de Puccini.
Prohibida en China hasta fines de los 90 por su retrato exótico, Turandot acumula cientos de producciones anuales. Su drama oriental, con coros masivos y orquesta exuberante, captura la esencia pucciniana: amor trágico y fatalidad. Hoy, en giras globales, recuerda cómo una obra inconclusa se convirtió en inmortal.