En el fragor de las militancias políticas y sociales, donde alzamos la voz contra las estructuras de poder opresivas, hay un elefante en la habitación que muchos varones nos negamos a ver: nuestro propio patriarcado internalizado. Compañeros de lucha, que marchan por derechos laborales o contra el ajuste, a veces caen en micromachismos, abusos de poder y una violencia sutil que reproduce la superioridad masculina. Creerse con derecho a tratar a las mujeres como un «juguete» disponible para el «mejor postor», sin consentimiento ni pregunta, no es cool ni canchero. Es el resabio de una sociedad machista que nos formó.

Pensemos en eso. El varón militante que, en una asamblea o un bar post-acto, invade espacios con comentarios invasivos, toques no solicitados o esa mirada de conquista predatoria. «Es el atrevimiento», dirán algunos, como si el «piropo pesado» o el acoso disfrazado de halago fueran medallas de hombría. Pero ¿dónde queda el genuino deseo de conexión? Se diluye en un esquema patriarcal que nos hace dueños del cuerpo ajeno. Y lo peor: lo naturalizamos entre nosotros. Miramos para otro lado cuando un compañero cruza la línea, riéndonos de la «garca» o el «boludo que se manda». Así perpetuamos el ciclo.

Como varones de una sociedad patriarcal, debemos empezar por casa. Cuestionarnos entre nosotros, sin excusas. ¿Permitimos que pase porque «siempre fue así»? ¿Celebramos al «tipo canchero» que se arrebata sin pie, sin consentimiento? Esa «sociedad del atrevimiento» no emancipa; encarcela. Las mujeres en la militancia no son trofeos para el que llega con más porte o labia. Son sujetas plenas, con agency propia. Y nosotros, si queremos ser coherentes con la lucha antifascista y antipatriarcal, tenemos que desarmar estos micromachismos antes de que escalen a violencia mayor.

El cambio empieza en el espejo. Hablemos entre varones: ¿te cuestionás tu poder? ¿Pedís consentimiento o asumís derechos? Dejemos de lado el «cool» del conquistador serial y abracemos la responsabilidad genuina. Solo así, la militancia será un espacio de igualdad real, no de hipocresía. Porque si no nos revisamos, ¿de qué sirve gritar «¡Ni una menos!» si en el día a día somos parte del problema?

Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.