El 7 de marzo de 1835, Juan Manuel de Rosas asumió por segunda vez la gobernación de Buenos Aires con la «suma del poder público», un hito que consolidó su dominio durante dos décadas sobre la provincia y las relaciones exteriores de la Confederación Argentina.
Tras un plebiscito exprés —9.713 votos a favor y solo 7 en contra—, Rosas, estanciero gaucho y líder federal, recibió facultades extraordinarias para manejar policía, justicia, guerra y diplomacia, en un contexto de guerras civiles y amenazas externas.
Su primer mandato (1829-1832) había sido caótico, marcado por la guerra con Brasil y la Quadruple Alianza. De regreso, Rosas impuso orden con mano dura: creó la Mazorca para reprimir unitarios, promovió el comercio de cueros y tasajo con Europa, y defendió la soberanía ante Inglaterra y Francia en la Vuelta de Obligado (1845). Su figura polariza: para federales, el «Restaurador de las Leyes»; para opositores, un tirano que censuró la prensa y exilió a Sarmiento.
Durante 20 años, Rosas moldeó la identidad argentina: el rojo federal en la bandera, el uso obligatorio del pañuelo colorado y una política exterior agresiva que mantuvo la unidad frente al caos post-independencia. Cayó en Caseros (1852) ante Urquiza, pero su era definió el federalismo y el peronismo posterior. En Buenos Aires, donde Notigital informa, su sombra persiste en debates sobre caudillos y poder concentrado. Una fecha clave para entender las raíces de nuestra política.