Hoy, 9 de enero, se conmemora el nacimiento en 1959 de Rigoberta Menchú Tum, en la remota comuna de Laj Chimel, en Uspantán, Guatemala. Nacida en el corazón de la selva guatemalteca, en una familia quiché maya, su vida se forjó en medio de la pobreza extrema y la violencia que azotaba a los pueblos indígenas durante la guerra civil guatemalteca (1960-1996). Menchú no solo sobrevivió al genocidio que cobró la vida de su padre, madre y dos hermanos, sino que transformó su dolor en una bandera global por los derechos humanos.

A los 23 años, tras exiliarse en México, Menchú relató su historia en el impactante libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, publicado en 1983. Esta obra, traducida a más de 20 idiomas, denunció las atrocidades del ejército guatemalteco contra los mayas y se convirtió en un símbolo de la resistencia indígena. Su activismo trascendió fronteras: fundó la Coordinación de Organizaciones del Pueblo de Guatemala y luchó por la justicia para las víctimas del conflicto, que dejó más de 200.000 muertos, en su mayoría indígenas.

En 1992, el Comité Nobel reconoció su labor con el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndola en la persona indígena más joven en recibirlo y la tercera mujer latinoamericana galardonada. Seis años después, en 1998, sumó el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Estos reconocimientos impulsaron su Fundación Rigoberta Menchú Tum, dedicada a la defensa de los derechos indígenas, la paz y el medio ambiente.

Su legado resuena hoy en América Latina, donde persisten los desafíos de los pueblos originarios: desde el extractivismo en la Amazonía hasta la discriminación en Guatemala y Bolivia. Menchú, candidata presidencial en 2007 y 2011, sigue abogando por la plurinacionalidad y el fin de la impunidad. En un mundo polarizado, su voz recuerda que la verdadera paz nace de la justicia social y el respeto a la diversidad cultural.

 

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.