Las redes sociales prometían conectar al mundo y revolucionar la comunicación, pero lejos de aportar algo nuevo y productivo a la vida humana, solo han destapado lo más oscuro que muchos reprimían. En lugar de progreso, afloraron el racismo, la misoginia, el machismo y el clasismo que antes se contenían en murmullos privados.

Hoy, el «hate» se desata sin filtros, convirtiendo estas plataformas en un basurero de la condición humana.

Antes, bardear a alguien por su clase social, origen o pasado personal se limitaba a conversaciones cara a cara. Ahora, las redes rebosan de burlas crueles: se ríen de chicas que apenas decoran su casa para un 15 por falta de dinero, se desentierran abandonos familiares para humillar y se celebra la violencia como norma. «Matar negros» o «pegarle a las mujeres» dejan de ser tabúes y se vuelven contenido viral, normalizado por una turba anónima que descarga ira y bronca sin consecuencias.

Esta porquería se potencia con una extrema derecha que la justifica como «batalla cultural». Denigran al otro por su condición de vida, lo deshumanizan sin pudor, pero luego, ante cualquier tropiezo, rezan a Dios para lavarse la culpa acumulada durante años. Las redes no inventaron estos vicios, pero los hicieron flor de piel: el facho salió del clóset, el resentido encontró podio y la miseria humana, un megáfono eterno.

En definitiva, las redes sociales muestran a las personas tal como son, sin maquillaje. El desafío no es apagarlas, sino confrontar ese reflejo brutal y recuperar la empatía que tanto nos cuesta en esta era de odio digital.

Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.