En un mundo donde el scroll infinito reemplaza la charla cara a cara, la sociedad argentina —y la latinoamericana en general— avanza hacia un panorama desolador: vínculos rotos, vacíos emocionales y una generación de individuos aislados, incapaces de forjar conexiones empáticas.
El alto uso de tecnología y las relaciones virtuales prometen llenar huecos afectivos, pero solo generan apegos ficticios que duran «lo que una paloma en la mano». ¿Estamos condenados a una soledad programada?
El auge de la desconexión: datos que duelen
Estadísticas recientes pintan un cuadro alarmante. Según un informe de la ONU de 2025, el 70% de los jóvenes entre 18 y 24 años en América Latina pasa más de 7 horas diarias en redes sociales, pero el 45% reporta sentirse más solo que nunca. En Argentina, el Observatorio de la Universidad de Buenos Aires (UBA) reveló en diciembre de 2025 que el uso excesivo de apps como Instagram y TikTok correlaciona con un 30% más de casos de depresión y ansiedad entre millennials y centennials.
Expertos como la psicóloga Viviana Zitner, de la Asociación Argentina de Psiquiatría, lo explican claro: «Las interacciones virtuales activan dopamina rápida, como un like efímero, pero no construyen oxitocina, la hormona del apego real. Resultado: amigos fantasma que desaparecen con un swipe».
Relaciones virtuales: el espejismo del amor y la amistad
Plataformas como Tinder o Bumble venden el sueño de conexiones instantáneas, pero estudios de la Universidad de Palermo (2025) muestran que el 60% de las parejas digitales argentinas duran menos de tres meses. «Es un apego ficticio», advierte el sociólogo porteño Martín Legar, autor de Sociedades Desconectadas. «Pretendemos llenar vacíos con chats y emojis, pero terminamos con más huecos: no hay roces, miradas ni empatía física».
En barrios como Santos Lugares o La Matanza, donde el acceso a internet es masivo vía celulares baratos, el fenómeno se agrava. Jóvenes pasan noches en Discord o WhatsApp grupos, pero evitan el mate compartido o la plaza. «Antes, el vínculo era carne y hueso; hoy, es píxeles que se borran», resume Legar.
Una sociedad de islas emocionales: ¿el fin de la empatía?
El impacto trasciende lo personal. En el conurbano bonaerense, ONGs como Techo reportan un alza del 25% en pedidos de ayuda emocional desde 2024, coincidiendo con el boom post-pandemia de Zoom y metaversos. Filósofos como Byung-Chul Han, en su reciente La sociedad del cansancio (edición 2026), alertan: vamos hacia «seres individuales, hiperconectados pero sin redes reales». En Argentina, con su historia de comunidad fuerte —pensemos en las marchas del 2001 o las hinchadas de fútbol—, esta deriva duele doble.
Sin embargo, hay chispazos de esperanza: movimientos como «Desconectados por un día» en Córdoba ganan adeptos, promoviendo cafés analógicos y caminatas grupales.
Hacia dónde vamos: urgencia de reconectar
La tecnología no es el villano absoluto, pero su abuso sí lo es. Es hora de regular el tiempo en pantalla (como propone la ley chilena de 2025) y fomentar espacios reales: clubes barriales, talleres de empatía en escuelas. De lo contrario, Notigital podría crónicas una sociedad de zombies digitales, solos en medio del ruido virtual.
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