La agenda «woke» que Javier Milei puso en boca de todos los argentinos no es más que una estrategia del mundo capitalista global. Su objetivo central: dividir a la clase trabajadora en su conjunto para facilitar la aprobación de una reforma laboral regresiva.
Al polarizar el debate público con temas identitarios —minorías, géneros, colectividades—, desvían la atención de lo esencial: los derechos laborales universales que sostienen a millones de familias argentinas.
Hablar de colectivos como «minorías» sin reconocer su rol en la lucha común no amplía derechos; al contrario, fragmenta la solidaridad obrera. Esto permite erosionar conquistas históricas como la jornada de 8 horas, las indemnizaciones por despido o la estabilidad en el empleo. El resultado es predecible: un retroceso a condiciones precarias, reminiscentes de la era de la esclavitud moderna, donde el trabajador es desechable y sin protección.
La verdadera batalla cultural que ganó la derecha —o extrema derecha— radica en normalizar el agotamiento como virtud. Convencieron a un sector de la sociedad de que «más horas laburadas es mejor»: 12, 14 o 16 horas diarias, bajo el espejismo de la «libertad». Este mantra esconde la explotación brutal: los trabajadores y trabajadoras viven para laburar, no al revés. Mientras tanto, los ricos del mundo —esos CEOs y multimillonarios que Milei admira— disfrutan de ocio perpetuo, navegando en yates o coleccionando arte, gracias a la plusvalía generada por el sudor ajeno.
En Argentina, esto se traduce en propuestas como flexibilizar despidos, bajar salarios reales y eliminar multas a empleadores. La historia lo demuestra: en países como Chile post-Pinochet o Brasil bajo Temer, divisiones culturales precedieron reformas que precarizaron a millones. Milei no inventa nada; solo adapta el libreto neoliberal.
La clase trabajadora argentina debe unirse más allá de identidades fragmentadas. Rechazar esta agenda woke-capitalista es defender la dignidad colectiva. De lo contrario, el «jugo de vida» que nos queda se evaporará en turnos interminables, mientras unos pocos brindan con champagne.