En pleno Combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, el sargento Juan Bautista Cabral sacrificaba su vida para salvar al coronel José de San Martín, caído de su caballo ante un lancerazo realista. Este acto heroico, en las afueras de la ciudad santafesina, inmortalizó a Cabral como símbolo de la gesta independentista argentina, un humilde soldado cuya entrega cambió el rumbo de la historia.
Cabral, nacido en 1788 en Santiago del Estero en una familia humilde, se alistó en los patriotas motivado por el fuego revolucionario. Gaucho de pura cepa, integraba el Regimiento de Granaderos a Caballo bajo San Martín. Durante la batalla contra los 250 realistas de Huidobro, el caos reinaba: cargas de caballería, disparos de cañón y sableos. San Martín, liderando la columna principal, resbaló de su montura y quedó expuesto. Un soldado español apuntó su lanza; Cabral, testigo, se interpuso gritando «¡Muera el traidor!», recibiendo la herida mortal en el pecho.
Su sacrificio permitió a San Martín remontar y completar la victoria: los patriotas capturaron cañones y prisioneros en minutos. Cabral agonizó en brazos de sus compañeros, susurrando palabras de lealtad. San Martín, conmovido, lo elogió en su parte oficial: «Este sargento ha muerto como un valiente». Enterrado en el convento de San Carlos, su acto trascendió: el Congreso de Tucumán lo declaró Prócer en 1820.
Hoy, Cabral representa al pueblo en la independencia. Monumentos en San Lorenzo y Buenos Aires lo honran; su imagen adorna billetes y sellos. En escuelas, su historia enseña abnegación: «Granaderos, escuchen el fuego de la artillería enemiga… ¡Hurra!». Historiadores debaten detalles —su origen aimará o criollo—, pero su legado une. En 2013, con motivo del bicentenario, se filmó un documental que revivió su hazaña.
En Argentina, donde héroes anónimos inspiran, Cabral recuerda que la libertad cuesta sangre humilde. El 3 de febrero, actos en Santa Fe evocan su grito, cuestionando: ¿cuántos Cabrales cotidianos defienden hoy nuestra patria?