El 19 de febrero de 2008, Fidel Castro anunció su renuncia irrevocable a la presidencia de Cuba, poniendo fin a casi cinco décadas de liderazgo absoluto en la isla caribeña.
En una carta publicada en el diario oficial Granma, el histórico líder de la Revolución Cubana, de 81 años, cedió el poder a su hermano menor, Raúl Castro, quien ya actuaba como presidente interino desde 2006 por problemas de salud de Fidel.
Castro había ocupado el cargo formal de presidente del Consejo de Estado y de Ministros desde 1976, aunque su influencia se remontaba a 1959, tras el triunfo revolucionario. Su salida abrió una puerta a posibles reformas graduales bajo Raúl, quien impulsó cambios como la autorización de móviles, computadoras y hoteles privados para cubanos, así como la reducción de restricciones migratorias.
La renuncia sorprendió al mundo, pero no fue abrupta: Fidel ya había delegado funciones clave. Estados Unidos, bajo George W. Bush, vio una oportunidad para presionar por democracia, mientras líderes progresistas como Hugo Chávez lamentaron el fin de una era. Raúl gobernó hasta 2018, allanando el camino a Miguel Díaz-Canel.
Hoy, 18 años después, el legado de Fidel divide opiniones: ícono anticolonial para unos, dictador para otros. Su partida marcó el ocaso de la Guerra Fría en América Latina y el inicio de un Cuba en transición, aún marcado por sanciones y desafíos económicos.