Hoy, 5 de enero de 1932, se conmemora el nacimiento de Umberto Eco en Alessandria, Italia. Este intelectual polímata, semiólogo, filósofo y novelista revolucionó el pensamiento contemporáneo con su capacidad para desentrañar los signos de la cultura y tejer relatos que fusionan erudición y suspense.
Eco emergió como una figura clave en la semiótica durante los años 60, con obras seminales como Obra abierta (1962), donde exploró la interpretación abierta de los textos artísticos, desafiando las lecturas lineales. Siguió con Apocalípticos e integrados (1964), un análisis crítico de los medios de masas que distinguía entre elitistas apocalípticos y conformistas integrados, un debate que resuena en la era de las redes sociales. Su guía práctica Cómo se hace una tesis (1977) se convirtió en biblia para generaciones de estudiantes, mientras que Lector in fabula (1979) y el Tratado de semiótica general (1975) consolidaron su estatus como uno de los teóricos más influyentes del siglo XX.
El salto a la ficción en 1980 con El nombre de la rosa marcó un hito: esta novela policial medieval, inspirada en Sherlock Holmes y la abadía benedictina, vendió más de 50 millones de copias y ganó el Premio Strega. Adaptada al cine por Jean-Jacques Annaud en 1986 con Sean Connery, catapultó a Eco al estrellato mundial. Le sucedieron éxitos como El péndulo de Foucault (1988), una sátira conspiranoica; La isla del día de antes (1994); Baudolino (2000); La misteriosa llama de la Reina Loana (2004); El cementerio de Praga (2010), sobre falsificaciones históricas; y Número cero (2015), una crítica al periodismo sensacionalista.
Reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2000, Eco falleció el 19 de febrero de 2016 en Milán, a los 84 años, dejando un legado que trasciende fronteras. En un mundo saturado de fake news y narrativas fragmentadas, su obra invita a leer entre líneas, cuestionar la verdad y disfrutar del laberinto intelectual.
Su influencia perdura en la academia, la literatura y el cine, recordándonos que la cultura es un juego de interpretaciones infinitas.