BUENOS AIRES, TRES DE FEBRERO, 2026. En esta falsa democracia de un sistema corrupto, te hacen creer que votando cada dos años cambias algo. Nada cambia, todo se repite. Mientras los liberales venden y rematan toda la Argentina, los gobiernos que se dicen «nacionales y populares» —salvo los 8 o 10 años de los Kirchner— viven asustados del «qué dirán» y nunca terminan de hacer nada.
El ejemplo más claro fue el gobierno de Alberto Fernández, que perdió millones de oportunidades de actuar con firmeza. Eso no significa expropiar como pregona la izquierda. El caso Vicentin lo ilustra perfecto: la empresa tenía deudas por todos lados, no podía afrontarlas, estaba reventada por maniobras fraudulentas de sus propios dueños. Sin embargo, el tibio Alberto pasó de querer quedársela vía legal —como empresa estratégica para la alimentación de los argentinos— a no hacer nada. Y así con tantos otros temas: reforma judicial, tributaria, jubilatoria a favor de abuelos y abuelas.
En contrapunto, cuando la derecha llega al gobierno, no pide permiso. Logra acuerdos con la oposición más recalcitrante y saca todas las leyes que perjudican a los trabajadores, las PyMEs y benefician a unos pocos. Ellos aceleran a fondo, sin miedo al «qué dirán». Mientras tanto, el que se jode es el laburante. Y los gobiernos «nacionales y populares», desde afuera, prometen volver mejores… pero se quedan en el camino.