Buenos Aires, 8 de febrero de 1826. Con la sanción de la Ley de Presidencia por el Congreso, Bernardino Rivadavía juraba como primer jefe de Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata, un hito que marcó el nacimiento formal del Estado argentino moderno.
Educado en Europa, Rivadavía traía ideas ilustradas: modernización, libre comercio y centralismo porteño.
Su mandato, hasta la renuncia el 27 de junio de 1827, fue turbulento. Impulsó reformas audaces: creó la Universidad de Buenos Aires, el Banco Nacional y un código de comercio inspirado en el francés. Abolió la Inquisición y el mayorazgo, promoviendo la educación laica y la inmigración europea. Sin embargo, su presidencia unitaria chocó con los federalistas de las provincias, exacerbando divisiones que culminarían en guerras civiles.
La Guerra con Brasil (1825-1828) fue su gran prueba: mientras Brown brillaba en el mar, Rivadavia negociaba en tierra, pero el fracaso en Ituzaingó y las deudas lo desgastaron. Renunció amid protestas, exiliándose en Europa, donde murió en 1845.
El «sillón de Rivadavia» en la Casa Rosada perpetúa su nombre, aunque su figura divide: para unos, visionario liberal; para otros, precursor del centralismo excluyente. En el bicentenario de su asunción, con debates sobre federalismo y economía, Rivadavia nos interpela: ¿reformas audaces o consensos provinciales? Su legado urge repensar la unidad nacional en una Argentina diversa.