El 7 de marzo de 1876, Alexander Graham Bell patentó el teléfono en Estados Unidos, un dispositivo que revolucionó las comunicaciones globales, aunque la historia reconoce al italiano Antonio Meucci como su creador original.
Bell, escocés radicado en EE.UU., presentó su «mejora en telégrafos» ante la Oficina de Patentes, describiendo un aparato que transmitía voz por cable eléctrico. Cuatro días después, habló las primeras palabras: «Señor Watson, venga, quiero verlo».
Sin embargo, Meucci, inmigrante pobre en Nueva York, había desarrollado el «teletrofono» en 1849 para comunicarse con su esposa enferma desde el sótano. En 1871 solicitó patente, pero por pobreza no la renovó. En 2002, el Congreso de EE.UU. lo declaró inventor oficial, reconociendo que Bell copió ideas de Elisha Gray y Meucci. Bell, pese a todo, impulsó las telecomunicaciones: fundó AT&T, contribuyó a la aviación con hidrófonos para detectar submarinos y educó sordos, como su esposa Mabel.
El teléfono conectó el mundo, desde la primera llamada transatlántica (1927) hasta los smartphones. En Argentina, llegó en 1878 con la Compañía Francesa, transformando política y sociedad. Hoy, con 5G y satélites, evocamos esta efeméride como recordatorio de disputas por la autoría y el rol de inmigrantes en la innovación. Bell vs. Meucci: una lección de justicia histórica en la era digital.