El 20 de febrero de 1813, el general Manuel Belgrano selló una victoria épica en la Batalla de Salta, derrotando por segunda vez consecutiva a las fuerzas realistas comandadas por el brigadier Juan Pío Tristán. Esta gesta no solo recuperó el Alto Perú para las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino que frenó un avance español que amenazaba con llegar hasta Buenos Aires.

Tras el triunfo en Tucumán meses antes, Belgrano reorganizó su Ejército del Norte con gauchos salteños, criollos y milicias locales. En las afueras de Salta, unos 1.700 patriotas enfrentaron a 3.300 realistas mejor armados. La táctica de Belgrano fue impecable: posicionó sus tropas en las alturas de Cerro San Bernardo, obligando a Tristán a atacar cuesta arriba bajo un sol abrasador. La carga de caballería patriota, liderada por Martín Miguel de Güemes, desbarató las líneas enemigas. Al mediodía, Tristán izó la bandera blanca y se rindió con honores, entregando 1.200 prisioneros, 14 cañones y un botín invaluable.

La rendición incluyó el famoso parte de Tristán: «Me entrego a discreción», que Belgrano devolvió con generosidad, permitiendo a los vencidos volver a sus hogares. Esta batalla consolidó la independencia en el noroeste y elevó a Belgrano como héroe nacional. Sin ella, el virreinato podría haber contraatacado con éxito.

Hoy, en Salta, se conmemora con desfiles y actos en el monumento a la batalla. En un país que debate su soberanía, la lección de unidad y estrategia de Belgrano resuena más que nunca.

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.