El 24 de marzo de 1980, un francotirador de escuadrones de la muerte ultraderechistas asesinó al obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, de 62 años, durante la misa en la capilla del hospital La Divina Providencia en San Salvador.
Romero, arzobispo desde 1977, defendía a pobres, campesinos y derechos humanos contra la dictadura militar respaldada por EE.UU., que dejó 75.000 muertos en la guerra civil (1980-1992).
Sus homilías radiales denunciaban masacres como la de El Mozote. Días antes, pidió a soldados: «En nombre de Dios, cesen la represión». El disparo lo silenció, pero su voz resonó globalmente. Beatificado en 2015 y canonizado por Francisco en 2018, es santo mártir.
Romero evolucionó de conservador a profeta de la liberación, inspirado en Medellín (1968). Su asesinato impulsó solidaridad internacional y el informe de la Comisión de la Verdad (1993), que imputó al mayor Roberto D’Aubuisson.
En América Latina, Romero simboliza la fe comprometida. Argentina, con su historia de obispos controvertidos en la dictadura, lo reivindica como ejemplo. 46 años después, en tiempos de desigualdad, su grito persiste: la Iglesia con los pobres.