El 24 de marzo de 1882, el médico alemán Robert Koch anunció en Berlín un hallazgo que revolucionó la medicina: la identificación de la Mycobacterium tuberculosis, el «bacilo de Koch», causante de la tuberculosis pulmonar, una de las mayores pandemias de la época que mataba a millones.
Con su microscopio y cultivos bacterianos, Koch aplicó rigurosos postulados —aún vigentes— para probar que un microbio causa una enfermedad específica: aislarlo, cultivarlo, infectar un animal sano y reobtenerlo.
Este descubrimiento fundó la bacteriología moderna. En 1883 identificó el bacilo del cólera en Egipto e India, salvando incontables vidas con medidas preventivas. Su trabajo en África con la peste bovina y la malaria amplió el arsenal contra infecciones. En 1905, recibió el Nobel de Medicina por la tuberculosis, consolidando su estatus como padre de la microbiología médica.
Koch, nacido en 1843, combinó ciencia experimental con pasión humanitaria. Desarrolló técnicas de tinción y cultivo que usamos hoy en laboratorios globales. Aunque sus terapias iniciales como la tuberculina fallaron, pavimentaron el camino para vacunas y antibióticos como la estreptomicina en 1944.
En la era post-COVID, su legado brilla: nos recuerda la importancia de la evidencia científica frente a epidemias. Argentina, con brotes históricos de TB, honra a Koch en sus campañas sanitarias. 144 años después, su bacilo sigue desafiando al mundo, pero su método ilumina la lucha.