En un contexto de recesión económica donde los salarios pierden terreno frente a una inflación que, aunque desacelerada al 2,4% mensual en febrero según el INDEC, sigue erosionando el poder adquisitivo, el discurso liberal de «abrir las importaciones para generar competencia» suena como una promesa tentadora.

Productos chinos o de otros países llegan a precios más bajos, liberando supuestamente recursos para «otros rubros». Pero la realidad golpea duro: destruir la industria nacional no te hace más competitivo, solo agrava la crisis del consumo y el empleo.

El argumento liberal, repetido por funcionarios y think tanks cercanos al gobierno, sostiene que importar bienes como electrodomésticos, textiles o autopartes de China —donde los costos laborales son una fracción de los argentinos— fomenta eficiencia y baja precios al consumidor. «La competencia externa obliga a las empresas locales a innovar», afirman. Sin embargo, en una economía contraída como la actual, con el PBI cayendo un 3,9% interanual en el cuarto trimestre de 2025 (datos del INDEC), esta apertura descontrolada actúa como un veneno lento para la producción nacional.

Tomemos números concretos: las importaciones crecieron un 25% en los primeros dos meses de 2026, impulsadas por la liberación de cupos y aranceles, según el Ministerio de Economía. Esto generó un déficit comercial incipiente y el cierre de al menos 15 fábricas en sectores como el textil y el metalmecánico en Buenos Aires y Córdoba, con 4.500 despidos reportados por la UIA. La industria nacional, que ya opera al 60% de capacidad instalada, no compite con subsidios estatales chinos o mano de obra precaria; simplemente desaparece. Y el «ahorro» en el bolsillo del consumidor? Ilusorio. Aunque un panel chino cueste 20% menos, los servicios públicos subieron 15% en lo que va del año (luz, gas y transporte), la nafta acumula un 8% de aumento y los salarios reales cayeron 5% en el mismo período, según el RIPTE.

En esta coyuntura, con el consumo masivo desplomado un 7% interanual, la gente no gasta más por tener un producto importado barato: consume menos. El bolsillo se aprieta porque el dinero que no se destina a producción local no genera empleo ni salarios que circulen en la economía interna. Economistas como el director del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), Jorge Marchini, lo advierten: «Abrir la canilla importadora en recesión es suicida; mata la industria sin reactivar el consumo, porque la demanda interna ya no existe».

La lección es clara: competitividad real surge de invertir en tecnología, créditos blandos y protección estratégica, no de una apertura salvaje que beneficia a pocos importadores mientras el resto paga el costo con desempleo y recesión prolongada. ¿Hasta cuándo el gobierno apostará por este engaño liberal?

Sobre Nosotros

Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.