El 23 de marzo de 1929, el río Paraná desbordó con un caudal de 6,55 metros de altura, inundando gran parte de la ciudad de Santa Fe y dejando una marca imborrable en la historia entrerriana y santafesina.

Este evento catastrófico, conocido como la «Gran Inundación de 1929», afectó no solo a Santa Fe capital, sino también a localidades vecinas como Paraná, con miles de damnificados y pérdidas millonarias en una época de fragilidad económica poscrisis de 1929.

Las lluvias intensas y persistentes durante semanas previas saturaron la cuenca del Paraná, que ya venía de crecidas menores. Según crónicas de la época publicadas en diarios como La Nación y El Litoral, el agua invadió barrios enteros, obligando a evacuaciones masivas en botes y canoas. En Santa Fe, el nivel superó los récords previos, alcanzando techos de casas y paralizando el comercio y la navegación. Autoridades provinciales, encabezadas por el gobernador santafesino Manuel Menéndez, coordinaron ayuda desde Buenos Aires, con envíos de víveres y medicinas.

Este desastre impulsó mejoras en infraestructura hidráulica argentina. Se crearon comisiones de estudio para diques y canales, precursoras de obras como el embalse de Yacyretá décadas después. Testimonios de sobrevivientes, rescatados en archivos históricos, relatan escenas de solidaridad vecinal en medio del caos, con familias refugiadas en conventos y escuelas elevadas.

Hoy, 95 años después, el episodio recuerda la vulnerabilidad del Litoral ante el cambio climático. Expertos del INTA y la Bolsa de Comercio de Rosario advierten que crecidas similares podrían repetirse con tormentas más intensas. Santa Fe conmemora anualmente con museos fluviales y campañas de prevención, honrando a las víctimas y reforzando la resiliencia regional.

Con NA.

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.