El Gobierno argentino presentó el reciente acuerdo comercial con Estados Unidos como un hito histórico que marcaría un antes y un después en el vínculo bilateral. La escena recuerda inevitablemente a los años 90, cuando el canciller Guido Di Tella bautizó como “relaciones carnales” el alineamiento de Carlos Menem con Washington.
Sin embargo, más allá de los slogans, conviene preguntarse si estamos frente a un simple revival menemista o a una nueva forma de dependencia en un mundo muy distinto al de la posguerra fría.
Similitudes: alineamiento político y fe en el mercado Ambas gestiones priorizan un alineamiento explícito con Washington como eje de la política exterior argentina. En los 90, Menem incluyó apoyo en foros internacionales, envíos de tropas a misiones de paz y la condición de “Aliado Extra OTAN”. Hoy, Milei expresa una “simbiosis” personal con Trump y reivindica la primera era menemista.
El acercamiento se vende como llave para el crecimiento: más inversiones y acceso al mercado estadounidense. Menem firmó acuerdos de protección de inversiones y aceptó reglas del FMI; Milei flexibiliza barreras internas y promete rebaja de aranceles.
La fe en el libre mercado une ambas eras, presentando la integración con EE.UU. como antídoto contra el atraso, sin discutir la capacidad productiva local para competir en asimetría.
Diferencias: contexto y profundidad económica El mundo de Menem era unipolar, con EE.UU. como única superpotencia y Mercosur como proyecto prometedor. Milei desacredita el bloque regional y confronta con Brasil, mientras China es un socio clave.
El nuevo pacto tiene 11 capítulos con compromisos en comercio digital, propiedad intelectual, normas laborales y ambientales —algo más abarcador que los gestos políticos de los 90.
Washington hoy combina apoyo financiero (FMI, reservas) con exigencias geopolíticas, en un paquete que el oficialismo presenta como alianza estratégica.
Riesgos de una “segunda era menemista” La experiencia de los 90 mostró que el alineamiento no garantizó beneficios comerciales sostenibles: déficit persistente, desindustrialización y apertura unilateral que afectó al empleo. El actual acuerdo abre mercados sensibles a cambio de acceso para agroexportaciones, repitiendo la primarización.
El ajuste suele recaer en la producción nacional, y la apuesta personal entre líderes deja expuesto al país ante cambios en Washington.
El pacto dialoga con las “relaciones carnales” en un escenario más complejo y con agenda intrusiva. Presentarlo como regreso glorioso omite que aquella era terminó en crisis pese al amor a Washington. La discusión de fondo es si Argentina resignará autonomía y diversificación por una prosperidad ya fallida.