El 15 de enero de 1919, Berlín se tiñó de sangre con el asesinato de Rosa Luxemburgo, una de las figuras más brillantes del marxismo revolucionario. Nacida en Polonia en 1871, esta teórica polaca-alemana, defendió «la rosa roja», defendió con pasión la democracia obrera y criticó el leninismo autoritario.
Su muerte marcó el fin sangriento de la Revolución Espartaquista, un intento fallido de derrocar al gobierno socialdemócrata de la República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial.
Luxemburgo, junto a Karl Liebknecht, lideró la huelga general del 5 de enero, convocada por la Liga Espartaquista para instaurar una república soviética en Alemania. Los «Freikorps», milicias paramilitares financiadas por el Ejército y contrarrevolucionarias, aplastaron la revuelta. Capturada esa noche, Rosa fue golpeada, violada y arrojada al canal Landwehr con un disparo en la cabeza. Su cuerpo apareció días después, el 27 de enero.
Declarada ciudadana honoraria de Polonia y Alemania, Luxemburgo dejó un legado inmenso: obras como Reforma o Revolución (1900) y La acumulación del capital (1913) siguen inspirando luchas obreras globales. En América Latina, su pensamiento influyó en movimientos como el peronismo radical y las guerrillas de los 70. Su frase final, «La revolución dice: yo era, soy y seré», resuena hoy en tiempos de crisis capitalista.