El 14 de enero de 1876, el inventor escocés Alexander Graham Bell presentó en la oficina de patentes de Boston, Estados Unidos, su revolucionario aparato capaz de convertir sonidos en impulsos eléctricos: el teléfono. Esta fecha marca un hito en la historia de las comunicaciones, aunque no estuvo exenta de controversias. Bell debió enfrentar más de 600 demandas de competidores que reclamaban la paternidad de la invención.
Entre los principales opositores se encontraba el estadounidense Elisha Gray, quien defendía la prioridad de su propia patente, ya caducada, y el italiano Antonio Meucci, cuya versión del teléfono era anterior pero había desaparecido misteriosamente de los registros oficiales. Meucci, un inmigrante pobre que luchaba por financiar su proyecto, vio cómo su telegrafo parlante —precursor del teléfono— era ignorado por las autoridades. Pasaron décadas de litigios hasta que, en el año 2002, el Congreso de Estados Unidos reconoció oficialmente a Meucci como el verdadero inventor del teléfono, corrigiendo una injusticia histórica.
La patente de Bell, número 174.465, transformó el mundo al sentar las bases de la telefonía moderna. Empresas como la Bell Telephone Company nacieron de este logro, impulsando una industria que hoy evoluciona hacia la era digital. Sin embargo, el caso Meucci resalta cómo la innovación a menudo se ve opacada por disputas legales y desigualdades económicas.