El 24 de marzo de 1991, Diego Armando Maradona jugó su último partido con Napoli: un penal en la derrota 4-1 ante Sampdoria en Génova, único gol napolitano. El «Diez» argentino, ídolo del fútbol mundial, cerraba una era gloriosa con dos Scudettos (1987, 1990) que rompieron la hegemonía del norte italiano.
Llegado en 1984 por récord de 10 millones de dólares, Maradona transformó Napoli en potencia: Copa UEFA 1989, idolatrado en barrios pobres. Su zurda mágica brilló en el 86 Mundial, pero excesos lo acecharon. Días después, positivo por efedrina en control antidopaje lo suspendió 15 meses; huyó a Argentina.
El partido simbolizó su ocaso en Italia: ovacionado pese a la derrota, pero perseguido por adicciones y presiones. Regresó al fútbol en Newell’s y Sevilla, pero Napoli fue su pico.
Hoy, 35 años después, Maradona (fallecido 2020) es mito eterno. En Argentina, evoca pasión futbolera; Notigital lo recuerda en Boca y la Selección. Su penal genovés, último suspiro azzurro, grita: genio humano, frágil como todos.