El 4 de abril de 1968, en Memphis, Tennessee, un balazo en la garganta acababa con la vida de Martin Luther King Jr., líder de los derechos civiles, a los 39 años. El hombre que tuvo un sueño estaba en el balcón del Lorraine Motel apoyando una huelga de basureros cuando James Earl Ray, desde un edificio cercano, disparó.
El crimen desató disturbios en más de 100 ciudades estadounidenses, con saqueos y 46 muertos. Al funeral, al que asistieron 300.000 personas, acudió el presidente Johnson. King, Premio Nobel de la Paz 1964, había galvanizado el movimiento contra la segregación con marchas como la de Washington (1963) y su icónico discurso «I have a dream». Su oposición a Vietnam lo radicalizó.
Ray fue arrestado en Londres, condenado a 99 años (luego perpetua), pero alegó conspiración. Murió en prisión en 1998. La familia King impulsó investigaciones que apuntan a la FBI de Hoover, el gobierno o la mafia. Documentales y libros sostienen que no fue un lobo solitario.
El legado de King vive en el Día de Martin Luther King (tercer lunes de enero) y en luchas globales contra el racismo. Su muerte aceleró la Ley de Derechos Civiles de 1968. En 2026, con tensiones raciales persistentes, su visión de justicia no armada resuena más que nunca.