El 5 de febrero de 1958, por decreto durante el gobierno de Arturo Frondizi, nacía el CONICET, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Liderado por Bernardo Houssay —Nobel de Medicina 1947—, surgió para impulsar la investigación en un país ávido de desarrollo tecnológico post-Perón.

Houssay, visionario, armó un ente autónomo con becas y laboratorios que hoy cuenta con 12.000 investigadores y 60 centros. Pionero en endocrinología, su legado incluye avances en vacunas y biotecnología; durante la pandemia de COVID-19, el CONICET desarrolló testeos y terapias clave.

En 68 años, generó 10 Nobeles indirectos y patentes globales, pese a recortes presupuestarios crónicos —el 1,5% del PBI en ciencia es bajo frente al 4% de líderes mundiales—. Críticas por politización no opacan hitos como el satélite SAOCOM. Hoy, en era de IA y cambio climático, el CONICET es pilar soberano: Houssay soñó una Argentina científica, y su creación sigue iluminando el camino.

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Por Claudio Gambale

Claudio Gambale 47 años , Periodista de Tres de Febrero.