Buenos Aires, 31 de enero de 2026 – El 31 de enero de 1943, el mariscal Friedrich Paulus rindió las tropas nazis ante el Ejército Rojo en Stalingrado, marcando el fin de la batalla más cruenta de la Segunda Guerra Mundial y un giro decisivo contra el Tercer Reich.
En las ruinas de la ciudad soviética a orillas del Volga, 91.000 alemanes se entregaron, de los cuales solo 5.000 sobrevivieron al cautiverio. Este enfrentamiento, del 17 de julio de 1942 al 2 de febrero de 1943, dejó cerca de 2 millones de muertos entre ambos bandos, superando en letalidad a cualquier otro en la historia humana.
La ofensiva alemana, Operación Barbarroja extendida, buscaba el Cáucaso petrolero, pero Hitler subestimó el invierno ruso y la resistencia soviética liderada por Georgui Zhúkov. Los nazis controlaron el 90% de Stalingrado en noviembre, pero la contraofensiva Urano (19 de noviembre) los cercó en un «caldero» de 300.000 hombres. Sin suministros, comiendo ratas y caballos, los alemanes resistieron bombardeos y temperaturas de -30°C. Paulus, fiel a la orden de «no retroceder», ignoró la rendición hasta que Stalin exigió «capitulación incondicional». Goebbels declaró «guerra total» el 18 de febrero.
Desde la perspectiva argentina, neutral hasta 1945, Stalingrado influyó en el imaginario: diarios como La Nación cubrieron la epopeya roja, y peronistas la citaron como ejemplo antiimperialista. Archivos desclasificados del Museo del Holocausto en Buenos Aires documentan cómo la batalla destruyó la 6ª Armada alemana, pavimentando el camino a Berlín. Figuras como el francotirador Vassili Zaitsev (149 confirmados) inspiraron mitos, inmortalizados en la novela de Grossman y la película de 2001.
En 2026, con tensiones en Ucrania evocando ecos stalinistas, esta efeméride subraya lecciones de hubris militar. Putin la conmemora como victoria patria, mientras Occidente la ve como costo humano atroz. Para Notigital, Stalingrado no es solo historia: es recordatorio de que las guerras devoran generaciones, con 1,1 millones de soviéticos y 800.000 alemanes caídos en 200 días de infierno urbano. Hoy, el Volga fluye sobre fosas comunes, urgiéndonos a valorar la paz.